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Microorganismos y sistema inmune en enfermedades neuropsiquiátricas

Desde hace bastantes décadas se conoce la relación existente entre los sistemas neuroendocrino e inmune, de tal forma que diversas células del sistema nervioso central poseen receptores específicos para diferentes sustancias secretadas por el sistema inmune como por ejemplo las citoquinas, por lo que un malfuncionamiento del sistema inmunitario puede provocar alteraciones en la funcionalidad del sistema nervioso. Así continuando con los comentarios acerca de la neuropsiquiatría iniciados previamente, en esta entrada se comentarán algunos estudios recientes sobre la influencia del sistema inmune y el fenómeno de la autoinmunidad como agente causal relevante de algunas enfermedades mentales.

La primera relación entre neuropsiquiatría y autoinmunidad proviene de la existencia de una alta prevalencia de enfermedades autoinmunes en pacientes de diversas enfermedades como esquizofrenia, síndrome de Tourette, trastornos bipolares, autismo o desórdenes obsesivo-compulsivos.

 

Pero quizás el caso más claro de esta relación sea el del trastorno neuropsiquiátrico asociado a estreptococo, en donde los individuos afectados presentan elevados niveles de autoanticuerpos. Es más, en experimentos con ratones se ha observado que la administración de suero sanguíneo proveniente de ratones expuestos a estreptococos, producía en los animales sanos un cuadro clínico muy similar al de la enfermedad mental humana identificándose además depósitos de anticuerpos en la región del hipocampo cerebral. En estos experimentos también se demostró que los síntomas inducidos de enfermedad desaparecían cuando a los animales se les administraba el suero de los ratones infectados al que previamente se habían eliminado los anticuerpos o si la barrera hematoencefálica de los animales se encontraba intacta, ya en este caso los autoanticuerpos no eran capaces de penetrar en el cerebro de los ratones. En otro estudio con animales y corroborado en humanos se han llegado a identificar estos autoanticuerpos como específicos y reactivos contra los receptores D1 y D2 para dopamina, que es un neurotransmisor fundamental para múltiples funciones cerebrales. Por lo que en este caso la infección bacteriana desencadenaría una respuesta inmune anormal, capaz de generar autoanticuerpos que acabarían dañando a diferentes células cerebrales produciéndose al final la enfermedad mental. El reto en la actualidad es comprender como partiendo de una respuesta inmune inicial contra un patógeno determinado, a veces el sistema inmunitario acaba generando una respuesta que termina por atacar a las células del propio del organismo.

También se ha demostrado recientemente que la activación del sistema inmunitario de la madre durante el embarazo interrumpe el normal desarrollo de las células neuronales en el cerebro del feto, produciendo daños en la capacidad de las neuronas para generar sinapsis y transmitir señales adecuadas para poder comunicarse entre sí.

Y tampoco es ni siquiera necesario que el microorganismo sea un agente patogénico (como el estreptococo) para inducir la aparición de una respuesta inmune alterada que de lugar a la producción de autoanticuerpos reactivos contra células del cerebro. Cambios en el equilibrio de las bacterias comensales de la microbiota gastrointestinal pueden dar lugar a alteraciones en la función de algunas células del sistema inmune (como los linfocitos T reguladores o las células Th17) encargadas de la homeostasis inmune que acaben provocando la aparición de fenómenos autoinmunes que favorecen la aparición del autismo.

En resumen, que diferentes microorganismos sean estos de naturaleza patogénica o comensal, bien por acción directa sobre el sistema nervioso al infectar tejido cerebral, o indirectamente al producir alteraciones en el sistema inmune (tanto en la madre durante el periodo de gestación como durante el desarrollo del feto, del recién nacido o en el adulto) pueden acabar dañando a la larga estructuras cerebrales más o menos específicas, de tal forma que se acaba modificando o perturbando el normal funcionamiento de esa maquinaria terriblemente compleja que es el cerebro humano, y desencadenando con ello las más variadas enfermedades neuropsiquiátricas.

P.D.

Y desgraciadamente y aunque parezca mentira a estas alturas de nuestro hiperdesarrollado y científico siglo XXI tenemos que seguir repitiendo machaconamente hasta la saciedad que las enfermedades mentales tienen causas físicas (tal y como se ha comentado en esta y en la anterior entrada relacionada) y deben ser tratadas única y exclusivamente por personal neuropsiquiátrico especializado, ya que por ejemplo en una reciente encuesta realizada en EEUU, nada más y nada menos que el 35% de los ciudadanos estadounidenses afirma que

    “Las personas con enfermedades psiquiátricas graves como depresión, trastorno bipolar y la esquizofrenia podrían superar la enfermedad mental únicamente con el estudio de la Biblia y la oración”

Es decir, que más de 130 millones de habitantes de la primera potencia científica mundial piensan supersticiosamente que cuando su padre, hermana o hijo presenta una severa enfermedad mental no es para nada necesario llevarle al médico para que reciba un adecuado tratamiento psiquiátrico o neurológico, sino que por el contrario es suficiente con practicar los absurdos ritos chamánicos cristianos (entre ellos el exorcismo) para que, por obra y gracia de la zarza ardiente, de la paloma sideral, de su mujer virgen y de su hijo semihumano, la enfermedad desaparezca milagrosamente. Esto sí que es un verdadero tratamiento médico avanzado y no las zarandajas de escáneres cerebrales y medicamentos antipsicóticos tan de moda en la satánica e impía medicina científica.

Last modified on Jueves, 14 Noviembre 2013 21:19
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